domingo, 12 de agosto de 2012

Ahogar las penas.


Solo es un sentimiento más, tal vez un pixel que embriaga de magenta este sueño.
Mis pies tocan mis miedos, y mis manos se aferran a no abrir mis ojos.
Si describiera lo que siento, sería un desgarre al corazón ¿A si se siente?
A mi memoria regresan todas esas imágenes tan borrosas que he tratado de esconder, y algunas más nuevas, que no cortan en la sencillez.
Mis calcetines en una esquina del comedor, las risas que provienen de una sonrisa que le daba una razón a mis ojos por las cuales brillar…
Y aquí estaba yo, frente a frente con el agua que siempre había sido, desde mi infancia, mi mayor miedo. Aquí estaba yo, rozando mis pies con su superficie que acariciaba mi existencia, seduciéndome.
Tan apacible como queriendo demostrar que no es tan malo, que en algo somos parecidos. Su calma combinado con el teñido de colores al atardecer, con las lagrimas rozando mis mejillas, deseosas por unirse al el…
Por un canto tan silencioso, por un canto que amortigua.
Nadie me oye, yo no escucho a nadie. Solo el mar golpea mis pies impacientemente.
El es inquebrantable, invencible. Fuerte, sin miedo a nada. Yo seré su espuma, suave que lo acompaña, y mi temor no vale a nadie, como a nadie vale cuando le amaba.
-Serás mi nuevo amigo –Le dije mirando la espuma de sus olas – tú serás mi soporte, mi cama y mi alivio…

Cerré los ojos, y solté mis manos, para  recibir deseosa ser parte de la mar.
De ser parte de esa fortaleza, que no llora….
Que no sufre, que ya no tiene que aguantar.

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