Agito las cobijas con la punta de los pies hasta que cayeron al piso apilándose en un revoltijo que su madre haría recoger de inmediato si no fuera porque no estaba aquí.
Y que más hubiera ella deseado que tener a su madre moviendola un poco hasta despertarla de esa horrible pesadilla, de la cual, cada año es lo mismo.
Abrió los ojos de golpe, y se encontró de nuevo frente a un viejo televisor, unas cobijas empolvadas y la puerta semi-abierta por el aire frió que se colaba por la ventana. Giro los ojos a lo largo de la habitación mientras dejaba de clavar las uñas en la tela de la cama. Su respiración agitada fue lo que realmente le despertó, pues estuvo a punto de gritar mientras seguía dormida.
Tuvo el impulso de cubrirse con las cobijas hasta la coronilla de la cabeza, pero no lo hizo.
Cada año lo mismo, cada año no podía esperar menos.
Lo peor de vivirlo y re vivirlo en pesadillas era que al despertar, el sueño tan tormentoso desaparecía de su memoria, pero cuando volvía a aparecer por la noche ella sabía perfectamente que no era la primera vez que se hospedaba tras sus entrañadas raíces de pesadillas y sueños.
Y jamas podría re armar el sueño por voluntad, pero no estaba de menos tratar de olvidarse de el, siendo que ya estaba viviendo su propia pesadilla.
Se ajusto los botines junto al cinturón de cuero negro y se coloco el rebelde cabello negro ondulado y sucio bajo una gorra roída que la hacía parecer un barón.
Empuño el cuchillo para carnes que robo de la cocina de su vieja casa y lo metió en su cinturón justo al alcance de su mano por si esas cosas volvían a por ella.
Pasó de largo es el espejo ignorando por completo las ojeras negras resaltantes en su piel pálida y los ojos grices marchitados en cansancio, inyectados en una mirada amenazante y una de sus mejillas adornada con lo que parecía ser un rasguño profundo.
Ignorando un claro recordatorio de lo cerca que estuvo de tocar a la muerte.
Salto de la ventana del segundo piso en un golpe suave que aún así le dolió en las rodillas y como pudo corrió sigilosamente tras los arboles en lo más obscuro del parque que se habría paso a convertirse en un bosque.
El ululeo de un buho no le hizo detenerse, siguió corriendo porque sabía que mientras aún fuera de noche podría aguantar un poco más, al menos lo necesario como había ordenado Hécate.
Y mientras las estrellas y los dioses inmortalizados en ellas reinaran el cielo, llegaría a salvo a tierras menos peligrosas.
Y así fue como lo hizo, corriendo sigilosamente sintiendo el viento golpearle a la cara, y sintiendo sus pasos ser seguidos por algún tipo de animal que hacía que el suelo crujiese tras de ella. Mientras el peligro acechaba detrás, la hija de la noche corría bajo la protección que podía ofrecerle la reina de los muertos, Hécate.
Corrió perseguida por los murmullos de las hojas y las ramas al golpear contra el viento hasta que el sol comenzó a acender y las piernas le ardieron, obligandola a perder el equilibrio. Callo de rodillas mientras los pocos rayos de sol le escocían la piel como si aceite caliente se tratase; cuando una flecha voló zumbando en su oído por lo cerca que paso, y de pronto, ella misma ignoro el dolor para inclinarse y esquivar la siguiente flecha, y entrecerrando los ojos en una posición lista para atacar.
En el bosque, una castaña de ojos claros le tenía en la mira tras un arco y una flecha listas para ser utilizadas. El pecho de la cazadora se alzabá mientras recuperaba la respiración.
-¿Quién eres y que haces aquí? -pregunto con la vos fuerte, pero con la fatiga a flor de piel.
Los ojos grises estaban más obscuros de lo normal con las uñas clavadas en las hojas del bosque.
-He dicho ¿quién eres y que haces aquí? -volvió a preguntar ahora con la vos más demandante.
Las uñas comensaron a hacer hoyos en la tierra mientras el sol se elevaba más y más provocando que le ardiera cada parte del cuerpo a pesar de no estar en llamas.
Ambas tragaron con fuerza; si esta iba a ser otra de las peleas con monstruos que había llevado acabo la ojigrizacea, no iba a morir simplemente porque Apolo así lo deseara, había llegado demasiado lejos como para sucumbir ante el fuego invisible.
La castaña tenso la cuerda del arco y la pálida niña a su lado se levanto en pie apretando los dientes para con todas sus fuerzas clavar los pies en la tierra y pelear con aquella mocosa.
-¡Alto! -la vos vibrante cabrina interrumpió la batalla que estaba a punto de estallar y de entre la malesa apareció un chico cabra seguido por una dríada de vestido verde. -¡Daphne, baja ese arco!
La castaña miró entre la pelinegra y los recién llegados decidiendo si era una buena opción aquello que pidió el sátiro; mientras que la otra niña de piel pálida sufría de dolor por dentro mientras que por fuera el único rastro de sufrimiento era sus uñas crispadas y la mirada salvaje que poseía.
-Baja el arma, Daphne.
-Enebro, el es peligroso, lo he visto... -dijó sin dejar de tensar la cuerda.
Enebro, la dríada intercambió la mirada confusa entre la chica pálida y Owen, el sátiro igual de confundido.
-Daphne, no otra vez porfavor...-Owen trato de acercarse a ella.
-Lo he visto, donde sus pies tocan, la muerte se desata... -dijó aún fijando la mira.
Enebro hablo de nuevo.
-Porfavor, Daphne...
-No otra vez, Artemisa te lo ha dicho 7 veces.
-¡Silencio! cuando le diga que he cazado al insolente que asusta y repliega a sus ciervos al fin me reconocerá. -miró con los ojos ardiendo en odio- ¡Di algo criatura insolente que osa meterse con el rebaño sagrado de Artemisa!
Pero lo único que podía hacer ahora la señalada era sentir los borbotones de sangre hervir en sus venas, quemando sin quemar todo a su paso, y en un intento por huir de la quemazón tormentosa retrocedió dos pasos a la sombra de un árbol, bajo el susurro del viento y la vos de Hécate en su oído que le decía qué debía hacer.
-¡Hay!- La castaña dejo de tensar el arco enviando la flecha directa al hombro de la visitante la cual jadeo sin mirar la punta de la flecha clavada en su carne, pues el escozor volvió a su cuerpo cuando cayo bajo el insistente rayo de sol que le recordaba al dolor de las garras de los monstruos tratando desesperadamente de desgarrarle la carne.
La pelinegra porfin alcanzo a tomar su cuchillo y araño el suelo abriendo una grieta que se extendió hasta los pies de la castaña, quien grito y se hecho a un lado mientras se sentía desfallecer.
Y en un ultimo jadeo la pelinegra escucho los gritos de Enebro y el sátiro a su lado.
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+Fanfic Inspirado en Percy Jackson y los Dioses del Olimpo.
Sibyl, Daphne, Marilee.