sábado, 5 de octubre de 2013

Golpeando paredes.

Esta historia mis queridos amigos, fue el resultado fallido de un intento por probarme algo que no se qué es en un concurso, se los dejaré porque se que nadie entra a leerme, y más bien me estoy recordando a mi misma que lo pude haber hecho mejor.
{Una adaptación a cuento corto de "Los ángeles regalan sonrisas" la versión original de Tom y Alex, no la Pones.}
Disfrútenlo, o no.
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 Golpeando paredes.

–¿Para tomar aquí o para llevar?
–Para llevar, por favor.
El frío congela hasta la sonrisa más cálida; los latidos cesan, al igual que las respiraciones, y ese beep beep en la maquina del hospital sigue sonando.
Escucho el eco de los coches al pasar mientras camino fuera. En la Avenida el transito lucha por avanzar del mismo modo que lo hace la sangre en mis venas. Un caótico embotellamiento que me mantiene despierto.
El café humea y el vapor se eleva para desaparecer en el frío; el aroma a cigarro embriaga mis pulmones y creo que es una manera muy consciente de inconsciencia que me lleva a esa muerte que el tráfico en mis venas sigue queriendo evitar.
Beep beep.
Camino en línea recta, varias manzanas más allá de la cafetería y, sin mirar al grupo de personas que pasean por la acera, me adentro en el pequeño nido de búhos que es mi apartamento.
Dentro, escucho las voces de la televisión tratando de amortiguarse por una puerta entre abierta que solo logra que el sonido rebote por la rendijilla, hundiéndose en mi cabeza y removiéndolo todo por dentro.
Subo las escaleras y me encuentro con la soledad eminente que me persigue con cada paso que doy, y con una respiración profunda arrojo el morral a algún rincón de la habitación, dejando el café sobre el escritorio.
Las fotos colgadas sobre mi cabeza están tan estáticas como deberían estarlo, sin ningún movimiento que me recuerde a ti, sin dolor ni gritos ni el constante boom boom golpeando las paredes de mi mente, poniendo todo de cabeza allí dentro.
Entonces giro y no puedo evitar acurrucarme debajo de la toalla seca y áspera con la que me baño mientras veo el caballete cubierto por la tela de manta crema que descansa sobre un cuadro que nunca terminé. Y sin necesidad de poder ver el futuro ya puedo asegurar que nunca le terminaré.
El viento golpea contra el cristal cerrado, mientras las cortinas de la mitad abierta de la ventana danzan vivazmente de aquí para allá, golpeando frascos de pintura, pinceles y lápices.
Me froto los parpados, deseando tener el poder de regresar el tiempo con solo mover las manecillas del reloj. Pero vuelvo a abrirlos y el tic toc sigue avanzando de forma inmisericorde, dando golpecitos y enseñándome que el tiempo nunca se adelantará, ni se detendrá, ni retrocederá aunque sea la cosa que más deseé en este mundo.
Tic toc.
Y con cada giro o brinquito que da la manecilla sobre el número 12, me recuerda a mi mismo quebrándome la cabeza con el recuerdo de lo que jamás podré cambiar.
Las cuerdas de la guitarra están destrozadas al otro lado de la habitación; el olor a cigarro sigue filtrándose en mis pulmones a pesar de que el viento trate de esfumarlo.
Las campanillas, al golpearse, canturrean tintineantes gritos ahogados en mi cabeza, pero esta vez no hago nada. Esta vez no he de romperme.
Tic toc.
He pasado noches enteras sin dormir, días sin comer y racimos de horas en las que me pierdo.
Me pierdo. Como tú lo hacías.
De repente la pared tiene muchas historias que contar, de repente está llena de heridas y huellas que han dejado mis puños al marcarse sobre de ella. Incluso el color rojo en puntos parece una obra de arte, si me permites decírtelo. Pero jamás será mi mejor trabajo, sabes que ese te lo has llevado tú a donde sea que estés.
La verdad siempre fue mejor que las mentiras, ¿no es así? A veces me lo decías cuando de tus ojos llovían mares y brisas, cuando salías de ese cuarto blanco, o incluso cuando regresabas.
¿Recuerdas esa vez que me dijiste tu diagnostico? Esa fue la primera noche que quise, que deseé con todas mis fuerzas, que en realidad prefirieras decir la mentira sobre la verdad, aunque esta siempre viene a relucir, ¿me equivoco?.
Recuerdo que te abrace pero no dije nada, y tú tampoco, aunque por dentro mi mente había una revolución y el bombeo de mi corazón era el tambor de una marcha de guerra. La guerra siempre anuncia algo fúnebre.
Entonces, cada que tenías cita en ese frío lugar, yo te acompañaba y me quedaba fuera, esperando por ti. Y aunque tuviera que ir al trabajo siempre me quede allí contigo. Siempre.
Y todavía recuerdo la primera vez que te perdiste. ¿Lo recuerdas tú?.
La silla se mese y sonrío, me gusta pensar que aún sigues aquí.
Fue ese día en que tu madre salió con un cigarrillo en la boca mientras yo te traía de regreso de tu quimioterapia, ese día que odie tanto a tu madre que no pude ni mirarla a los ojos. Porque ella era un manojo de adicciones, y tu parecías una flor marchitándose entre mis brazos. Y eso me enfermó.
¿Cómo tú, que nunca habías fumado, o tomado, terminaste postrada a la muerte? Siendo que tu madre fumaba, tomaba, y se drogaba… y aún teniéndote así, lo seguía haciendo.
Probablemente ella desarrollaría después cáncer pulmonar. Tú tenías cáncer en los huesos y yo tenía un nudo creciéndome alrededor del corazón. La vida es así.
Esa noche me aseguré de hacerte compañía, contándote anécdotas y cuentos que yo mismo inventaba, hablándote sobre mundos con pastos rosas y fuentes amarillas. Recuerdo haberte dicho lo mucho que te quería y te prometí que te quedarías conmigo, que seríamos felices y te casarías conmigo. Y entonces, cuando no me contestaste. me asuste.
Creí que ya no respirabas, porque estabas allí sentada en tu cama sin decir nada, con los ojos clavados a la pared y las manos en el regazó, y entonces en la desesperación junte mi cabeza a tu pecho, queriéndome enterrar allí dentro, y escuché ese hermoso sonido de vida dentro de ti.
Cuando me separé al fin volviste a parpadear y te disculpaste.
–Lo siento, a veces me pierdo.
Y te perdiste, y lo seguiste haciendo.
Mi corazón se hizo un ovillo y lloré, abrazándote con fuerza a pesar de saber que te dolían los huesos. Pero no quería perderte, no quería que te fueras de mí.
Deberías venir pronto con una carta de permiso para “aterrorizar a Tom por no cumplir cierta promesa” Pero, ¿sabes qué? No necesitas esa carta, de hecho deberías venir pronto, pues necesito verte.
La siguiente noche vine preparado con ese caballete negro que ahora está enfrente de mí. Platicamos, hasta que solo fui yo quien hablaba, y no desaproveche la oportunidad y comencé a dibujarte, con cada pequeña facción y con cada pequeño detalle del que fui capaz.
Te arropé y te besé la frente, para que durmieras y no tuvieras que pensar en nada, deseando con todo mí ser que tus sueños fueran tranquilos, y que la enfermedad, y el dolor no te alcanzara mientras dormías.
Y así el reloj del tiempo siguió caminando, sin torcerse, sin regresar, sin cambiar; simplemente limitándose al tic toc que se volvió cada vez más cotidiano y más soportable.
O eso creí.
Cada día que pasaba te asemejabas más a mi pintura, áspera y sin mucho color, y al mismo tiempo dejabas de hacerlo, ahora luciendo la pintura más viva que tú misma.
Hacía una semana que los doctores te habían mandado a casa, alegando que ya no se podía hacer mucho más por ti. Me enseñaron ese día que en las quimios hay un mínimo porcentaje de éxito, que tu cáncer estaba muy avanzado, y si seguían solo lastimarían más tu cuerpo. Y yo les enseñe que no podían decirme eso sin que les golpeara.
Un buen día me limpié las lágrimas después de contarte un cuento de mi autoría sobre un conejo y el arma de un granjero, me enjuague el llanto y te pedí que te casaras conmigo, tu sonreíste y lloraste, al igual que yo. Te pedí que me contaras un cuento. Y fue hermoso, lo juro.
Otro muy buen día accediste a salir de tu habitación y te preparé un día de campo, compre muffins decorados y variedad de bocadillos de los cuales termine comiéndome la mayoría yo, y aún recuerdo esa sonrisa que aún hoy me mantiene en vela, y esa risa tan espectacular que me hizo recordar hacía cuanto que no la escuchaba. Te prometí que te cantaría la canción más bonita del mundo, y sonreíste, me besaste y me abrazaste, y yo pude escuchar esos latidos que tanto me gustaban, y en ese momento supe que esa ya la había encontrado.
Y te amaba, y lo sigo haciendo.
Yo no sabía nada sobre el cáncer, no más allá de lo básico: te mataba. Te mataba sin consideración de tu edad, raza o género, te mataba lenta y dolorosamente. Sin cura.
Empezaste a pasar la mayor parte del tiempo dormida, y cuando despertabas apretabas tus parpados con fuerza, deseando poder eliminar ese dolor. Y por un momento, deseé que volvieras a perderte para que así fuera.
Beep beep.
La maquina que se insertaba en tu cuerpo aún sigue sonando detrás de mis ojos, aún rebota en las blancas y lisas paredes, y aún provoca mil y un heridas aquí dentro.
He perdido la cuenta, ¿Cuántos tic tocs han pasado ya?
Tu madre se acercó a ti y a mí mientras dormías conectada a esa máquina, quedándose a tu lado, solo mirándote. Y aunque me molestase siempre de la mala persona que era ella, ese día no hice nada por fingir que no estaba allí.
–Va a estar bien –dijo. Y supe exactamente a qué se refería.
–Sí –quise contestar, y pensé que. quizá, ella no fuera tan mala madre como creía.
Había esperado a que despertaras toda la noche, sosteniendo tu mano, y cuando lo hiciste, cariño, me hablaste.
–Odio dormir, allí dentro nada me recuerda a ti.
De alguna forma, eso me hizo feliz. Te bese en los labios y te dije:
–Todo me recuerda a ti.
Pero algunas veces tus palabras no me hacían sentir de ese modo.
–Alguna vez creí que morir sería como caer al vacío, sin almohadas al final para detener tu caída porque no habría final –dijiste–. Sería como si tu mente cayera, y solo estuvieras esperando a que tu cuerpo toque fondo. Me daba miedo, quería que me sostuvieras de la mano y no me dejaras caer… –paraste y luego proseguiste– Ahora creo que morir es como levantar la tapa de una caja y dejar salir las mariposas –murmuraste, mirando a la nada–; sentirse libre por primera vez, descubrir tus alas y echar a volar sabiendo que para eso fueron creadas –me tomaste de la mano y sentí mi garganta arder–. Ahora ya no tengo miedo.
–No digas eso, suena a una despedida y tú no puedes despedirte, tú vas a vivir, Alex. ¿Me escuchas? –te mordiste el labio y bajaste la mirada, mientras ambos reprimíamos esas lágrimas que se acunaban en la entrada de nuestros ojos–. Y te vas a casar conmigo.
Alzaste la mirada y preguntaste:
¿Aún piensas casarte conmigo?
–Lo haré, me casaré contigo –dije con seguridad.
Después de un tiempo había olvidado como lucía tu cuerpo antes de la enfermedad, había olvidado como sonaba tu risa y poco a poco también olvidé como lucía tu sonrisa.
Ya no despertabas, esta vez no era que te perdieras, era que despertabas tan pocas veces y cuando lo hacías tenían que sedarte porque el dolor de tu cuerpo malgastado no lo soportabas.
El tic toc se hacía cada vez más y más pesado, y aunque me hiciste prometerte que te dejaría ir cuando llegara el momento, no pude hacerlo. De hecho, aún no logro aceptarlo.
Esa noche dormí en tu cama porque así me lo pediste.
–Quiero que sepas que te amo –dijiste.
–Alex, te he dicho que no te despidas de mi, tu seguirás aquí…
–Conmigo –me interrumpiste– pero de verdad, Tom, quiero que sepas que te amo.
–Yo también te amo –mi corazón palpitó con fuerza, y con un esfuerzo mayor al que te permitían tus adoloridos huesos te pegaste a mí, abrazándome.
–Duerme.
–Pero recuerda que esto no es una despedida.
–Tom…
–¿Humm?
–Te amo.
Y aunque algo en mi corazón me dijo que no, golpeando con fuerza en mi pecho, dormí.
Al despertar te llame por tu nombre y no despertaste.
Un enorme pánico me invadió y comencé a gritarte hasta que tu madre subió y poco después los médicos me obligaron a separarme de ti.
Y me rompí.
¿Alguna vez has visto a una persona romperse?
¿Has visto como estalla en pedacitos, cómo se quiebra? ¿Y en lugar de escucharse llanto y gritos se escuchan aullidos que ni siquiera deberían ser humanos?  Bueno, tu madre y los doctores lo presenciaron ese día.
Y aunque me negué y no lo quería creer, no quería procesar la información de que habías muerto, lo tuve que hacer porque a pesar de parecer una pesadilla, era real y estaba ocurriendo.
Esta vez que te perdiste, no volverías.
Y las cadenas que me mantenían atado a la cordura se soltaron, y te llevaste contigo todo lo que más amaba.
Te amaba a ti.
Por supuesto, nunca te casaste conmigo y nunca te cante esa canción que te prometí. Y por primera vez me pregunte qué pasaría con tu madre, ¿Se embriagaría hasta no poder más? ¿Se drogaría hasta no despertar? ¿Enloquecería? Y por vez primera, viéndola allí con un cigarrillo en la boca y los ojos nadando en llanto supe que de verdad le dolía. Le dolía tanto como a mí.

Después de años aún me sigue doliendo cual herida recién abierta.

Y tenías razón, Alex, duele mucho menos cuando apagas tu cerebro, te pierdes, y golpeas paredes.