Esta historia mis queridos amigos, fue el resultado fallido de un intento por probarme algo que no se qué es en un concurso, se los dejaré porque se que nadie entra a leerme, y más bien me estoy recordando a mi misma que lo pude haber hecho mejor.
{Una adaptación a cuento corto de "Los ángeles regalan sonrisas" la versión original de Tom y Alex, no la Pones.}
Disfrútenlo, o no.
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Golpeando paredes.
–¿Para tomar aquí o para llevar?
–Para llevar, por favor.
El frío congela hasta la sonrisa más cálida; los
latidos cesan, al igual que las respiraciones, y ese beep beep en la maquina del hospital sigue sonando.
Escucho el eco de los coches al pasar mientras
camino fuera. En la Avenida el transito lucha por avanzar del mismo modo que lo
hace la sangre en mis venas. Un caótico embotellamiento que me mantiene
despierto.
El café humea y el vapor se eleva para desaparecer
en el frío; el aroma a cigarro embriaga mis pulmones y creo que es una manera
muy consciente de inconsciencia que me lleva a esa muerte que el tráfico en mis
venas sigue queriendo evitar.
Beep
beep.
Camino en línea recta, varias manzanas más allá de
la cafetería y, sin mirar al grupo de personas que pasean por la acera, me
adentro en el pequeño nido de búhos que es mi apartamento.
Dentro, escucho las voces de la televisión tratando
de amortiguarse por una puerta entre abierta que solo logra que el sonido
rebote por la rendijilla, hundiéndose en mi cabeza y removiéndolo todo por
dentro.
Subo las escaleras y me encuentro con la soledad
eminente que me persigue con cada paso que doy, y con una respiración profunda
arrojo el morral a algún rincón de la habitación, dejando el café sobre el
escritorio.
Las fotos colgadas sobre mi cabeza están tan estáticas
como deberían estarlo, sin ningún movimiento que me recuerde a ti, sin dolor ni
gritos ni el constante boom boom
golpeando las paredes de mi mente, poniendo todo de cabeza allí dentro.
Entonces giro y no puedo evitar acurrucarme debajo
de la toalla seca y áspera con la que me baño mientras veo el caballete
cubierto por la tela de manta crema que descansa sobre un cuadro que nunca
terminé. Y sin necesidad de poder ver el futuro ya puedo asegurar que nunca le
terminaré.
El viento golpea contra el cristal cerrado, mientras
las cortinas de la mitad abierta de la ventana danzan vivazmente de aquí para
allá, golpeando frascos de pintura, pinceles y lápices.
Me froto los parpados, deseando tener el poder de
regresar el tiempo con solo mover las manecillas del reloj. Pero vuelvo a
abrirlos y el tic toc sigue avanzando
de forma inmisericorde, dando golpecitos y enseñándome que el tiempo nunca se
adelantará, ni se detendrá, ni retrocederá aunque sea la cosa que más deseé en
este mundo.
Tic
toc.
Y con cada giro o brinquito que da la manecilla
sobre el número 12, me recuerda a mi mismo quebrándome la cabeza con el
recuerdo de lo que jamás podré cambiar.
Las cuerdas de la guitarra están destrozadas al otro
lado de la habitación; el olor a cigarro sigue filtrándose en mis pulmones a
pesar de que el viento trate de esfumarlo.
Las campanillas, al golpearse, canturrean tintineantes
gritos ahogados en mi cabeza, pero esta vez no hago nada. Esta vez no he de
romperme.
Tic
toc.
He pasado noches enteras sin dormir, días sin comer
y racimos de horas en las que me pierdo.
Me
pierdo. Como tú lo hacías.
De repente la pared tiene muchas historias que
contar, de repente está llena de heridas y huellas que han dejado mis puños al marcarse
sobre de ella. Incluso el color rojo en puntos parece una obra de arte, si me
permites decírtelo. Pero jamás será mi mejor trabajo, sabes que ese te lo has
llevado tú a donde sea que estés.
La verdad siempre fue mejor que las mentiras, ¿no es
así? A veces me lo decías cuando de tus ojos llovían mares y brisas, cuando
salías de ese cuarto blanco, o incluso cuando regresabas.
¿Recuerdas esa vez que me dijiste tu diagnostico?
Esa fue la primera noche que quise, que deseé con todas mis fuerzas, que en
realidad prefirieras decir la mentira sobre la verdad, aunque esta siempre
viene a relucir, ¿me equivoco?.
Recuerdo que te abrace pero no dije nada, y tú
tampoco, aunque por dentro mi mente había una revolución y el bombeo de mi
corazón era el tambor de una marcha de guerra. La guerra siempre anuncia algo
fúnebre.
Entonces, cada que tenías cita en ese frío lugar, yo
te acompañaba y me quedaba fuera, esperando por ti. Y aunque tuviera que ir al
trabajo siempre me quede allí contigo. Siempre.
Y todavía recuerdo la primera vez que te perdiste.
¿Lo recuerdas tú?.
La silla se mese y sonrío, me gusta pensar que aún
sigues aquí.
Fue ese día en que tu madre salió con un cigarrillo
en la boca mientras yo te traía de regreso de tu quimioterapia, ese día que
odie tanto a tu madre que no pude ni mirarla a los ojos. Porque ella era un
manojo de adicciones, y tu parecías una flor marchitándose entre mis brazos. Y
eso me enfermó.
¿Cómo tú, que nunca habías fumado, o tomado, terminaste
postrada a la muerte? Siendo que tu madre fumaba, tomaba, y se drogaba… y aún
teniéndote así, lo seguía haciendo.
Probablemente ella desarrollaría después cáncer
pulmonar. Tú tenías cáncer en los huesos y yo tenía un nudo creciéndome
alrededor del corazón. La vida es así.
Esa noche me aseguré de hacerte compañía, contándote
anécdotas y cuentos que yo mismo inventaba, hablándote sobre mundos con pastos
rosas y fuentes amarillas. Recuerdo haberte dicho lo mucho que te quería y te
prometí que te quedarías conmigo, que seríamos felices y te casarías conmigo. Y
entonces, cuando no me contestaste. me asuste.
Creí que ya no respirabas, porque estabas allí
sentada en tu cama sin decir nada, con los ojos clavados a la pared y las manos
en el regazó, y entonces en la desesperación junte mi cabeza a tu pecho,
queriéndome enterrar allí dentro, y escuché ese hermoso sonido de vida dentro
de ti.
Cuando me separé al fin volviste a parpadear y te
disculpaste.
–Lo siento, a veces me pierdo.
Y te perdiste, y lo seguiste haciendo.
Mi corazón se hizo un ovillo y lloré, abrazándote
con fuerza a pesar de saber que te dolían los huesos. Pero no quería perderte,
no quería que te fueras de mí.
Deberías venir pronto con una carta de permiso para
“aterrorizar a Tom por no cumplir cierta
promesa” Pero, ¿sabes qué? No necesitas esa carta, de hecho deberías venir
pronto, pues necesito verte.
La siguiente noche vine preparado con ese caballete
negro que ahora está enfrente de mí. Platicamos, hasta que solo fui yo quien
hablaba, y no desaproveche la oportunidad y comencé a dibujarte, con cada
pequeña facción y con cada pequeño detalle del que fui capaz.
Te arropé y te besé la frente, para que durmieras y
no tuvieras que pensar en nada, deseando con todo mí ser que tus sueños fueran tranquilos,
y que la enfermedad, y el dolor no te alcanzara mientras dormías.
Y así el reloj del tiempo siguió caminando, sin
torcerse, sin regresar, sin cambiar; simplemente limitándose al tic toc que se volvió cada vez más
cotidiano y más soportable.
O eso creí.
Cada día que pasaba te asemejabas más a mi pintura, áspera
y sin mucho color, y al mismo tiempo dejabas de hacerlo, ahora luciendo la
pintura más viva que tú misma.
Hacía una semana que los doctores te habían mandado
a casa, alegando que ya no se podía hacer mucho más por ti. Me enseñaron ese
día que en las quimios hay un mínimo porcentaje de éxito, que tu cáncer estaba
muy avanzado, y si seguían solo lastimarían más tu cuerpo. Y yo les enseñe que
no podían decirme eso sin que les golpeara.
Un buen día me limpié las lágrimas después de
contarte un cuento de mi autoría sobre un conejo y el arma de un granjero, me
enjuague el llanto y te pedí que te casaras conmigo, tu sonreíste y lloraste,
al igual que yo. Te pedí que me contaras un cuento. Y fue hermoso, lo juro.
Otro muy buen día accediste a salir de tu habitación
y te preparé un día de campo, compre muffins decorados y variedad de bocadillos
de los cuales termine comiéndome la mayoría yo, y aún recuerdo esa sonrisa que
aún hoy me mantiene en vela, y esa risa tan espectacular que me hizo recordar
hacía cuanto que no la escuchaba. Te prometí que te cantaría la canción más
bonita del mundo, y sonreíste, me besaste y me abrazaste, y yo pude escuchar
esos latidos que tanto me gustaban, y en ese momento supe que esa ya la había
encontrado.
Y te amaba, y lo sigo haciendo.
Yo no sabía nada sobre el cáncer, no más allá de lo
básico: te mataba. Te mataba sin consideración de tu edad, raza o género, te
mataba lenta y dolorosamente. Sin cura.
Empezaste a pasar la mayor parte del tiempo dormida,
y cuando despertabas apretabas tus parpados con fuerza, deseando poder eliminar
ese dolor. Y por un momento, deseé que volvieras a perderte para que así fuera.
Beep
beep.
La maquina que se insertaba en tu cuerpo aún sigue
sonando detrás de mis ojos, aún rebota en las blancas y lisas paredes, y aún
provoca mil y un heridas aquí dentro.
He perdido la cuenta, ¿Cuántos tic tocs han pasado ya?
Tu madre se acercó a ti y a mí mientras dormías
conectada a esa máquina, quedándose a tu lado, solo mirándote. Y aunque me
molestase siempre de la mala persona que era ella, ese día no hice nada por
fingir que no estaba allí.
–Va a estar bien –dijo. Y supe exactamente a qué se
refería.
–Sí –quise contestar, y pensé que. quizá, ella no
fuera tan mala madre como creía.
Había esperado a que despertaras toda la noche,
sosteniendo tu mano, y cuando lo hiciste, cariño, me hablaste.
–Odio dormir, allí dentro nada me recuerda a ti.
De alguna forma, eso me hizo feliz. Te bese en los
labios y te dije:
–Todo me recuerda a ti.
Pero algunas veces tus palabras no me hacían sentir
de ese modo.
–Alguna vez creí que morir sería como caer al vacío,
sin almohadas al final para detener tu caída porque no habría final –dijiste–. Sería
como si tu mente cayera, y solo estuvieras esperando a que tu cuerpo toque
fondo. Me daba miedo, quería que me sostuvieras de la mano y no me dejaras caer…
–paraste y luego proseguiste– Ahora creo que morir es como levantar la tapa de
una caja y dejar salir las mariposas –murmuraste, mirando a la nada–; sentirse
libre por primera vez, descubrir tus alas y echar a volar sabiendo que para eso
fueron creadas –me tomaste de la mano y sentí mi garganta arder–. Ahora ya no
tengo miedo.
–No digas eso, suena a una despedida y tú no puedes
despedirte, tú vas a vivir, Alex. ¿Me escuchas? –te mordiste el labio y bajaste
la mirada, mientras ambos reprimíamos esas lágrimas que se acunaban en la
entrada de nuestros ojos–. Y te vas a casar conmigo.
Alzaste la mirada y preguntaste:
–¿Aún
piensas casarte conmigo?
–Lo haré, me casaré contigo –dije con seguridad.
Después de un tiempo había olvidado como lucía tu
cuerpo antes de la enfermedad, había olvidado como sonaba tu risa y poco a poco
también olvidé como lucía tu sonrisa.
Ya no despertabas, esta vez no era que te perdieras,
era que despertabas tan pocas veces y cuando lo hacías tenían que sedarte
porque el dolor de tu cuerpo malgastado no lo soportabas.
El tic toc
se hacía cada vez más y más pesado, y aunque me hiciste prometerte que te
dejaría ir cuando llegara el momento, no pude hacerlo. De hecho, aún no logro
aceptarlo.
Esa noche dormí en tu cama porque así me lo pediste.
–Quiero que sepas que te amo –dijiste.
–Alex, te he dicho que no te despidas de mi, tu
seguirás aquí…
–Conmigo –me
interrumpiste– pero de verdad, Tom, quiero que sepas que te amo.
–Yo también te amo –mi corazón palpitó con fuerza, y
con un esfuerzo mayor al que te permitían tus adoloridos huesos te pegaste a mí,
abrazándome.
–Duerme.
–Pero recuerda que esto no es una despedida.
–Tom…
–¿Humm?
–Te amo.
Y aunque algo en mi corazón me dijo que no,
golpeando con fuerza en mi pecho, dormí.
Al despertar te llame por tu nombre y no
despertaste.
Un enorme pánico me invadió y comencé a gritarte hasta
que tu madre subió y poco después los médicos me obligaron a separarme de ti.
Y me rompí.
¿Alguna vez has visto a una persona romperse?
¿Has visto como estalla en pedacitos, cómo se
quiebra? ¿Y en lugar de escucharse llanto y gritos se escuchan aullidos que ni
siquiera deberían ser humanos? Bueno, tu
madre y los doctores lo presenciaron ese día.
Y aunque me negué y no lo quería creer, no quería
procesar la información de que habías muerto, lo tuve que hacer porque a pesar
de parecer una pesadilla, era real y estaba ocurriendo.
Esta vez que te perdiste, no volverías.
Y las cadenas que me mantenían atado a la cordura se
soltaron, y te llevaste contigo todo lo que más amaba.
Te amaba a ti.
Por supuesto, nunca te casaste conmigo y nunca te
cante esa canción que te prometí. Y por primera vez me pregunte qué pasaría con
tu madre, ¿Se embriagaría hasta no poder más? ¿Se drogaría hasta no despertar?
¿Enloquecería? Y por vez primera, viéndola allí con un cigarrillo en la boca y
los ojos nadando en llanto supe que de verdad le dolía. Le dolía tanto como a mí.
Después de años aún me sigue doliendo cual herida recién
abierta.
Y tenías razón, Alex, duele mucho menos cuando
apagas tu cerebro, te
pierdes, y golpeas paredes.
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