La inclinación de arena donde está mi casa cuenta con un árbol
de ramas siempre disponibles para que pueda trepar; por las noches, si te subes
a una de las ramas más altas de aquel árbol verás un remolino en el agua,
iluminado por la luz de las estrellas y la luna. Los peces se pierden por aquel
remolino. Los tiburones, las medusas y todos por igual. Me da miedo.
En el día puedo nadar con la seguridad y las agallas de un
pez, pero, por la noche, la calma inunda la tierra y el viento, y aquel
remolino que me habla se come lo que pasea a su cercanía
La pereza de las ramas desaparece con la llegada del viento,
la brisa mese las enramadas dispersas. La brisa es una caricia destinada a
susurrarte algo inentendible en la piel.
Cada noche me siento en ese árbol, sintiendo el roce del
viento y escucho la espuma del mar galopante en el centro. El mar brilla y en
mis ojos se siente llover.
La luna me llama, incitándome a entrar al mar a perseguir
esas estrellas que se reflejan, tal como hacen los peces en este momento. Y
cierro los ojos tratando de ignorar la tentativa, pues desde aquí soy capaz de
ver como el abismo los traga.
La luna llora porque parece que no le escucho, y sé que sí
lo hago.
No estoy en capacidades de mentir, he escuchado a la luna
gritar por toda mi vida, y se que no falta mucho para que sucumba, porque yo
mismo lo estoy esperando.
No trato de resistir aquello, solo sé que aún no es momento
y mientras no lo sea, llorare junto a la luna, pues no hay nada más grande que
la tristeza de hacerla llorar.
Solo estoy esperando a que la brisa deje de rozar mis pies,
para detener la espuma con mi cuerpo y seguir la luz mientras mis brazos tocan
las escamas de los peces… Solo estoy esperando a que este miedo se lo lleve el mar, con el fin de reducir el tiempo necesario para llegar a las estrellas.