jueves, 14 de noviembre de 2013

Árbol de vida y muerte.

Toda mi vida la he pasado observando las olas del mar, saboreando el aire salado y la brisa marina. El agua es un espejo claro frente a mi casa; Puedo ver los peces fluir con la corriente. La espuma del mar es blanca cuando hay, cuando el mar se agita y la oscuridad del fondo da miedo. Pero, generalmente, no hay espuma en la costa. El agua es tan clara y el clima tan agradable, que me basta y me sobra de motivos para amar al mar.
La inclinación de arena donde está mi casa cuenta con un árbol de ramas siempre disponibles para que pueda trepar; por las noches, si te subes a una de las ramas más altas de aquel árbol verás un remolino en el agua, iluminado por la luz de las estrellas y la luna. Los peces se pierden por aquel remolino. Los tiburones, las medusas y todos por igual. Me da miedo.
En el día puedo nadar con la seguridad y las agallas de un pez, pero, por la noche, la calma inunda la tierra y el viento, y aquel remolino que me habla se come lo que pasea a su cercanía
La pereza de las ramas desaparece con la llegada del viento, la brisa mese las enramadas dispersas. La brisa es una caricia destinada a susurrarte algo inentendible en la piel.
Cada noche me siento en ese árbol, sintiendo el roce del viento y escucho la espuma del mar galopante en el centro. El mar brilla y en mis ojos se siente llover.
La luna me llama, incitándome a entrar al mar a perseguir esas estrellas que se reflejan, tal como hacen los peces en este momento. Y cierro los ojos tratando de ignorar la tentativa, pues desde aquí soy capaz de ver como el abismo los traga.
La luna llora porque parece que no le escucho, y sé que sí lo hago.
No estoy en capacidades de mentir, he escuchado a la luna gritar por toda mi vida, y se que no falta mucho para que sucumba, porque yo mismo lo estoy esperando.
No trato de resistir aquello, solo sé que aún no es momento y mientras no lo sea, llorare junto a la luna, pues no hay nada más grande que la tristeza de hacerla llorar.

Solo estoy esperando a que la brisa deje de rozar mis pies, para detener la espuma con mi cuerpo y seguir la luz mientras mis brazos tocan las escamas de los peces… Solo estoy esperando a que este miedo se lo lleve el mar, con el fin de reducir el tiempo necesario para llegar a las estrellas.

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