28 de Febrero, 2016
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Noches, muchas noches y pocas velas. Hubo rayos, truenos y relámpagos. Del cielo caían las lágrimas de mis antepasados; de mi alma goteaba el miedo.
Ahora estoy escondida debajo de la cama, cubro mis oídos con las manos y mi cuerpo es cubierto por las orillas de las sábanas.
El miedo y la desesperación se han fundido y han dado paso al terror, pero este se ha derretido y ahora sólo queda ruido blanco.
Es como un sueño, estar dentro de una pesadilla o quizá así se sienta estar en coma, la verdad es que sólo quiero que pare.
Escucha los gritos, yo los escucho. Cerca, lejos, no importa porque están aquí. Es el de una persona, y se repite y repite de manera aterradora, congelandome los huesos, cristalizandome la sangre.
No abro la boca por miedo a gritar, y creo que de intentarlo tampoco podría porque mis labios están partidos y mi lengua está seca.
Mi cuerpo está temblando y lo noto porque la cama también lo hace. El sonido blanco aumenta su volumen y ahora es rojo. El rojo que corre en mis venas, que inyecta mis ojos y que me mantiene con vida.
Aún sigo con vida.
El sonido rojo es espeso, se deshidrata y comienza a carecer de vida. La lluvia golpea al cristal desde fuera, como pidiéndome que salte y lo rompa, que la deje entrar.
Y los gritos siguen y cada vez están más cerca o quizá más lejos, pero desde mi posición, ahí escondida bajo la cama, puedo ver cómo un brazo rojo se arrastra por el suelo, halando el resto de un cuerpo deforme que escurre en coágulos e hilos sanguinolientos.
Escucho un grito a lo lejos que pienso que es imposible pero que sé que es mío, y el sonido rojo se vuelve aún más obscuro y denso, y después de eso, me cubro con mayor fuerza los oídos y cierro los ojos hasta que todo comienza a carecer de color y sonido.
Pero hay dolor, y el dolor es negro.
Ahora estoy escondida debajo de la cama, cubro mis oídos con las manos y mi cuerpo es cubierto por las orillas de las sábanas.
El miedo y la desesperación se han fundido y han dado paso al terror, pero este se ha derretido y ahora sólo queda ruido blanco.
Es como un sueño, estar dentro de una pesadilla o quizá así se sienta estar en coma, la verdad es que sólo quiero que pare.
Escucha los gritos, yo los escucho. Cerca, lejos, no importa porque están aquí. Es el de una persona, y se repite y repite de manera aterradora, congelandome los huesos, cristalizandome la sangre.
No abro la boca por miedo a gritar, y creo que de intentarlo tampoco podría porque mis labios están partidos y mi lengua está seca.
Mi cuerpo está temblando y lo noto porque la cama también lo hace. El sonido blanco aumenta su volumen y ahora es rojo. El rojo que corre en mis venas, que inyecta mis ojos y que me mantiene con vida.
Aún sigo con vida.
El sonido rojo es espeso, se deshidrata y comienza a carecer de vida. La lluvia golpea al cristal desde fuera, como pidiéndome que salte y lo rompa, que la deje entrar.
Y los gritos siguen y cada vez están más cerca o quizá más lejos, pero desde mi posición, ahí escondida bajo la cama, puedo ver cómo un brazo rojo se arrastra por el suelo, halando el resto de un cuerpo deforme que escurre en coágulos e hilos sanguinolientos.
Escucho un grito a lo lejos que pienso que es imposible pero que sé que es mío, y el sonido rojo se vuelve aún más obscuro y denso, y después de eso, me cubro con mayor fuerza los oídos y cierro los ojos hasta que todo comienza a carecer de color y sonido.
Pero hay dolor, y el dolor es negro.
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